Una Visita al Prostíbulo - La Mirilla Roja
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Una Visita al Prostíbulo

Una Visita al Prostíbulo

Una horrorosa habitación roja se abre ante mis ojos, digna de los peores puticlubs de carretera de película americana. Hortera hasta la saciedad, la habitación es iluminada por una grande, vieja y mugrienta lámpara de terciopelo roja que ni roja es ya de lo raída que se encuentra por culpa del polvo que la cubre y el trabajo de alguna polilla.

Del mismo tono y material aterciopelado están cubiertas las paredes. Y la moqueta, que muestra el envejecimiento propio del hastiado uso continuado de clientes y prostitutas. Cuántos pies se habrán posado a lo largo de los años por este rugoso y antiestético trozo de tela. Un cartel luminoso de neón rojo parpadea sobre la cama intentando dar una incandescente luz que ni brillo le queda fruto de los años, en la que reza “La habitación del amor”. Curioso paralelismo, pero lo único que no habrá visto nunca esta sala es amor. Colcha, cortinas, todo lo que ven mis ojos es rojo.

Danielle se acerca a mí moviendo sus caderas de manera rítmica, apoya sus manos sobre la americana y tira de mi cuerpo a través de las solapas hasta atraerme a sus labios. Apoyo mis manos sobre su culo y lo presiono. Tonificado, marcado y delgado.

—Espera.

Comienzo a sacar de mi bolsillo las pertenencias, llaves, cartera y móvil. Lo miro en un acto reflejo y veo una llamada de Valeria. Valeria ¿Qué querrá ahora? Sigo ahí de pie mirando la pantalla.

—¿Pasa algo mi príncipe?

—No, descuida.

Lo dejo en la cómoda y miro a Danielle que espera sobre la cama. La habitación me parece todavía más patética que antes y ella mucho menos bella.

—Cambia esa cara guapo, estás con Danielle— me susurra al oído—. Danielle te va a quitar todas las penas.

Muestro una mezcla entre desidia, asco y compasión. ¿En verdad quiero acostarme con ella? ¿Tengo necesidad de hacerlo? No, pero necesito desahogarme y olvidar a Valeria, cuanto antes empiece hacerlo mejor. Mañana habrá firmado el divorcio.

Le devuelvo la sonrisa con la mirada encendida.

—Muéstrame lo que sabes hacer guapa— digo acercando con lujuria su boca a la mía.

Sabe a nicotina y alcohol, buena combinación para aguantar de pie en este lugar.

De rodillas sobre la cama va desabrochando uno a uno los botones de mi camisa con sus dientes. Felina como la más puta de las sumisas, arquea su espalda convertida en un largo trampolín hacia su culo. Lanzo mis manos hacia él soltándole una sonora cachetada. ¡Ojo Leo! Ella no es una sumisa, es una puta, no puedes golpearla.

Levanta su rostro que tenía ya frente a mi polla.

—¿Te gusta azotar, eh papito?— dice maliciosa.

Me sorprende su tono juguetón.

—Solo…— respondo despacio acercándome de nuevo a sus labios—. si te portas bien.

Termino la frase en su boca mordiendo su labio inferior con mis dientes y liberando la opresión deliberadamente despacio.

—De eso estese seguro, señor.— Suelta desafiante.

Parece que la noche mejora, después de todo.

Lo cierto es que es guapa, demasiado delgada tal vez, pero guapa. Su cabello rubio cae por sus hombros y su piel es tan pálida y perfecta que necesitaría tan solo un golpe de fusta para dejarla marcada. ¡Oh! Cómo me gustaría ser el primero que la marcase, no como un juego, al que habrá estado acostumbrada aquí. Muchos le habrán magreado las nalgas, cuantos la habrán cacheteado. No, yo no me refiero a eso, lo que querría sería dejar la primera marca de vara dibujada en su piel. Mi bambú número dos, flexible pero implacable.

La humedad ardiente de su boca me trae de nuevo a la habitación.

Un gemido se escapa de mi garganta mientras dejo caer mi cabeza hacia atrás y sujeto con mis dos manos la suya.

Le marco el ritmo obligando con el movimiento de mis brazos que se la lleve hasta la profundidad de su garganta, una y otra vez. Siento sus paredes chocar contra mi glande que crece ante el delicado y húmedo roce que le produce. ¡Dios! Cómo la come, imagino que es por su experiencia, pero me da igual, está logrando llevarme al cielo. Cuanto necesitaba un buen polvo.

Incorporo de nuevo la cabeza para disfrutar del espectáculo, mi polla entra y sale de su cavidad cada vez más brillante, gorda y venosa.

—Si preciosa, continúa, cométela toda.

Clava sin dejar de mamármela sus ojos azules sobre mí.  Unos transparentes ojos que inciden en mi alma como pequeñas esquirlas. Ya no solo desliza sus labios por mi cavernoso miembro, siento como presiona con su garganta en él, succionando despacio primero, con una fuerza mayor después. Cierro los ojos y respiro entrecortado. Joder, va hacer que eyacule solo con su boca.

—Danielle, para o me harás correr.

Pero sigue. Besa, lame, chupa y succiona mi polla mientras sus manos masajean mis testículos rápido, despacio, rápido. Hace ya varios minutos que ella es la que marca el ritmo de su mamada, mi experiencia se queda a la altura del barro frente a la suya.

Voy a correrme con lo que acaba de hacer, no soy capaz de describir que ha sido, un mordisco, un pellizco, un no sé qué, que hace que mi polla comience a latir con más fuerza. El tronco entero avanza por la profundidad de su garganta con ayuda de sus manos, perdiéndose dentro de su boca. No soy capaz de contener lo que viene, he perdido el control de mis impulsos, yo.

Ahí está. Otra vez, retuerce con sus labios mi miembro dentro de su orificio, mientras su lengua lame mi glande y sus dientes arañan mi tronco. Me corro. Saco deprisa la polla de su boca y la inclino hacia la cama para correrme sobre su espalda.

Jadeo entrecortado mientras las piernas me flaquean con cada chorro de semen con el que estuco la piel de esta chica. Queda cubierta por la leche densa de mi interior desparramada por toda su espalda. Comienza a deslizarse por sus costados en finos regueros que gotean las sábanas.

—Disculpa— le digo cogiendo una toalla y limpiando la corrida con la que la he cubierto.

Me mira sorprendida.

—Tranquilo, lo raro es tanta educación y delicadeza.— Sonríe.

Se levanta de la cama y me da un largo beso. Su lengua se hace hueco en mi boca y busca juguetona encontrarse con la mía, pero cuando lo hace se separa de mí.

—Me doy una ducha rápida y salgo. No te vayas, que he sido buena y me debes algo.

Me quedo mirándola. Muevo la cabeza en gesto de negación sonriendo.

—¿De verdad quieres lo que estás pidiendo?

—¿De verdad quiere dármelo señor?

Su respuesta me gusta. Me mira a los ojos, pero sabe cómo dirigirse a mí.

¡Giá!— digo dándole una palmada en su culo.

Espero a Danielle sobre la cama, así, descubierto, sin la necesidad de taparme.

—Ven aquí— le solicito cuando la veo salir del baño. Se ha duchado y luce un bonito conjunto de encaje rojo. Le ordeno que se quite el sujetador. Sus pechos quedan de nuevo ante mí descubiertos, son pequeños, nada que ver con los de Valery, pero turgentes y rígidos. Sus pezones se muestran puntiagudos.

—Bonitos pechos.

—Gracias.— Sonríe sonrojada. No está acostumbrada a muestras de afecto ni piropos sinceros.

—¿Estás segura de que quieres esto Danielle? Para mí no es un juego.

—Sí.

—Túmbate en mis rodillas, ven.— Le ayudo a posicionarse—. Voy azotarte con mi mano, solo con ella.— Le bajo el tanga hasta la mitad de los muslos y observo cómo no se mueve, no dice nada—. Dame el brazo.

Ella me lo da y lo atrapo por detrás de su espalda con mi mano izquierda. Así tumbada sobre mí, expuesta, vulnerable, se ve todavía más preciosa.

—Danielle, ¿te han azotado alguna vez?

—Sí.

—No creo que lo hayan hecho a mi manera. Te va a doler, sentirás el escozor en tu carne y tu piel tras varios azotes, pero no quiero que intentes soltarte ni zafarte de mí opresión. Solo di “rojo” y pararé, es sencillo Danielle “rojo”. ¿Entendido?— pregunto con ella ya en posición y mi polla nuevamente erecta. Siento como choca justo con su estómago pidiendo liberación. Me concentro, no quiero correrme antes de hora.

—Sí, rojo.

— No lo olvides.— Y con esas palabras de advertencia comienzo mi trabajo, el mejor que sé hacer.

Una leve sombra rosácea queda sobre su nalga derecha tras la primera palmada. No ha sido severa, pero pese a la poca intensidad Danielle grita, estoy convencido de que nunca le han azotado así. Vuelvo a dejar caer mi mano por segunda vez sobre la misma nalga dejando otra marca nuevamente sobre su delicada piel. Qué bonita luce, ella se retuerce y vuelve a gritar.

—Shsss— mando que calle mientras magreo, acaricio y presiono su culo.

Una tanda de cinco cachetadas caen rápido sobre su culo, leves, muy leves, nada que ver con lo que estoy acostumbrado a suministrar. Ella vuele a gritar, está claro que no está acostumbrada y que su umbral de dolor no es alto. Mi polla, accionada ya desde el primer momento que se posó sobre mí, ejerce su llamamiento con el roce y la fricción de su pubis en cada azote. Paro de golpearla y vuelvo a magrear sus nalgas rojas con mi mano derecha llevándola después hasta la hendidura de sus piernas entreabiertas por la posición de sus bragas. Voy deslizando mi mano haciéndome hueco entre ella para palpar su grado de excitación. Danielle se muestra húmeda, más que húmeda diría yo. Su flujo resbala sobre mis piernas. Está excitada pero pienso que no está capacitada para seguir con otra tanda de azotes. La ayudo a levantarse.

—La parte más difícil del castigo, o del premio en tu caso.— Sonrío mientras sujeto con delicadeza su barbilla—. Es el momento justo después del azote. La exposición ante tu dominante, así, desnuda, mostrando el dibujo en tu piel. Vete al rincón, arrodíllate con el culo en lo alto cara la pared y las manos sobre la cabeza. Espera mis indicaciones y Danielle, piensa porqué estás ahí y ofréceme dispuesta, la imagen de mi obra maestra— concluyo dándole un cálido beso en los labios—. Ni se te ocurra frotarte, recréate con el picor en tu parte trasera.

Ella asiente lujuriosa, no tiene por qué saber que no debería mirarme. Toma posición mientras quedo observándola. Tiene una piel tan perfecta, unas curvas tan elegantes y una sumisión tan selecta… Es novata, pero podría convertirla rápido en una buena sumisa, estoy seguro.

Preso de mis pensamientos caigo en la cuenta de que debido a su trabajo la vergüenza de mostrarse desnuda y desprovista de cobijo no debe suponerle mayor dificultad. Por lo que no demoro más la necesidad de mi miembro.

Me acerco hasta ella y me arrodillo a su espalda.

—No te muevas preciosa, ante todo no te muevas. Recréate en tus emociones.

Desde la posición en la que me encuentro, poso mis dedos sobre su nuca, retiro el pelo cuidadosamente hacia uno de sus hombros y los deslizo con suavidad por toda la columna vertebral. Un escalofrío la recorre y su piel se eriza bajo mi paso. Trata de moverse pero se lo impido.

—Déjate llevar, confía en mí, hoy serás mujer.

Masajeo sus hombros y desciendo por la interminable senda que me ofrecen sus vértebras. Cruzo mis manos hacia su parte delantera acariciando la suave y delicada piel de su cintura diminuta. La misma candidez que antes me ofreció su espalda muestra ahora su vientre cuando la piel vuelve a levantarse en respuesta a mis caricias. Posanado mis labios sobre su clavícula, ejerzo la presión necesaria para que mis besos parezcan caricias, accionando con el incandescente itinerario de mi lengua, el reguero ardiente de su lujuria.

Qué poco acostumbrada está a que la mimen. Yo podría hacerlo. Voy ascendiendo hasta sus cumbres sintiendo como me abrasa las yemas. Introduzco sus pechos en el hueco de mis manos mientras sus pezones se yerguen bajo mi tacto.

Son tan pequeños que me sobra espacio para abarcarlos en su totalidad. Me mantengo allí, sopesando la calidez de sus senos mientras mis labios se acercan sigilosos a su cuello para besarla. De su boca se escapa un leve gemido de placer y sus rodillas ceden reclinadas.

—Shss. Mantente quieta, quiero tu culo arriba, siente como te quema, como asciende su calor por tu cuerpo hasta el cuello, donde mis besos te abrasan.

No he comenzado a jugar y ya siento como tiembla. Masajeo sus pechos, despacio, con la delicadeza que apuesto ningún otro hombre la ha tocado aquí. Continuo rozando con el dorso de mis manos la piel superior de los senos, descendiendo en círculos, volviendo a tantear su tamaño, dejando que sus pezones completamente erectos ya, se escapen de su encarcelamiento entre mis dedos. Los presiono.

La respiración de Danielle es cada vez más agitada y perturbada. La excitación, la incomodidad de la posición, el cansancio de sus músculos. Soy consciente de la dificultad, pero estoy aquí para dominarla, para no dejar que caiga, para hacerla mía.

Continúo un par de minutos más jugueteando con esos dos pechos que requieren tanto cuidado, acariciando sus pequeños botones, aprisionándolos con mis dedos, retorciéndolos y tirando de ellos con sumo cuidado. No están preparados y no querría dañarlos con la saña de mis juegos.

Desciendo una de mis manos hacia su parte inferior. Con recelo emite una especie de gemido tímido, como si estuviera condicionada a sentir, como si algún código desconocido de este puticlub prohibiera a las chicas disfrutar. Si eso existía o así estaba escrito en algún lugar, yo me había propuesto romperlo. Solo me gustan mis normas y la pobre Danielle se merecía sentir ese orgasmo.

Llego a su monte de Venus y me introduzco en su sexo completamente depilado. Primero escrutando la humedad de sus labios, después el interior de su lumbre. Me he propuesto desentrañar los secretos más ocultos de esta mujer y así lo haré.

Es entonces cuando cede a su peso. La ayudo a incorporarse con la propia fuerza de mi cuerpo. Muchos la habrán follado, es cierto, pero ninguno como yo lo haré.

—Danielle— le susurro a su oído—. Voy hacer que te corras, pero solo exijo que mantengas la posición, solo eso. No caigas, no titubees, solo concéntrate en la explosión de tu cuerpo.

Tiembla suspirando ante mis palabras, ante mis caricias, ante el movimiento que ejerce mi mano en su entrepierna. Continúo acariciándola, cada vez ejerciendo mis movimientos con mayor celeridad. Mis dedos salen y entran de su sexo a veces rápido en vaivenes de cinco o seis repeticiones, otras despacio. Saco mi mano y jugueteo con su clítoris que a estas alturas muestra ya un tamaño descomunal. Lo presiono, acaricio, golpeo con suavidad.

En la habitación solo se escuchan sus jadeos cada vez más alterados, entremezclados con el ruido propio de la humedad de su sexo al chapotear con mis manos.

Sigue resistiéndose a sus emociones, queriendo huir de un placer que parece superarla. Pero me da igual, ella se merece esto.

Precipitadamente sus gemidos predican urgencia cuando vuelvo a introducirme en ella.  Por fin rompe sus prejuicios, empieza a temblar sin poder evitarlo, cada vez más convulsa, más sumisa, luchando por mantener la posición inicial sin conseguirlo. La mantengo suspendida entre mis piernas y mi mano mientras la otra termina su juego en su clítoris. Lo araño con delicadeza y fricciono impulsivamente con mi palma mientras mis dedos la penetran. Grita tensando sus músculos, cubierta de innumerables gotas de sudor.

Sus brazos caen laxos sobre mi cuerpo, sin fuerza, mientras sigue estremeciéndose en espasmos ahogados, tratando de sofocar su respiración, mientras la sujeto con firmeza.

Los gemidos dan paso al llanto. Me sobrecoge verla así. Danielle llora desconsolada acurrucada de rodillas en el suelo. La cojo entre mis brazos y la abrazo con mesura.

—Ey… princesa, no llores. — le digo a sabiendas de por qué lo hace.

Intenta deprisa recomponer su compostura y levantarse de mí.

—Perdona, no estoy acostumbrada a esto. A tantos cuidados, a ser una mujer para el cliente. Mi trabajo es duro, no suelo disfrutar de lo que hago.

Me rompe el corazón verla así. No entiendo por qué me afecta. Nunca antes lo ha hecho. ¿Cuántas veces me había acostado con putas? Tampoco muchas, pero las veces que lo había hecho me importaban un carajo sus vidas. Me las follaba, les pagaba bien, eso sí, y me iba. Sin embargo esta chica… No sé si era por mi situación personal o qué narices era, pero me afectaba verla así.

—Perdóname— vuelve a solicitar—. No puede verme así ningún cliente y menos un amigo del dueño. Imagino que querrás irte, no tienes que aguantar que una puta se ponga a llorar, pero por favor, no le digas nada a Francisco.

—Ey… no te preocupes, no voy a decir nada, salvo que eres maravillosa— le digo acercándome a ella y cogiéndola de la cara—. He disfrutado mucho haciendo que te corrieras y he sido yo él que se ha propuesto premiarte por la perfecta felación que me hiciste.— Continuo sonriéndole intentando arrancarle el mismo gesto en ella—. Y ahora.— Miro a mi polla—. Quiero que concluyamos lo que hemos empezado, pero solo si estás bien.

—Lo estoy.

La recuesto en la cama y dejamos libre nuestra sexualidad. Mi miembro reclamaba liberarse hacía mucho tiempo. Palpitaba con fuerza incluso antes de iniciar su orgasmo, antes incluso de dejarle esas marcas que habían desaparecido ya de su precioso culo. Me introduzco en ella notando el calor de su interior. Pese a su orgasmo sigue húmeda, y una insulsa posición del misionero hace que desate la explosión que mi miembro deseaba hace tiempo. Entrelazada con sus largas y tersas piernas en mi espalda, sube y baja agitada sus caderas proporcionándome el placer que tanto anhelaba. Estoy encima de ella, pero es Daniella la que sin duda me está follando, y que manera de hacerlo, como cabalga.

Desato con furia mi leche una vez más y ambos caemos derrotados por el esfuerzo y el éxtasis. Me tumbo a su lado en la cama, ralentizando mi pulso y mi respiración mientras ella acaricia mi pecho. ¿Por qué deseo tanto abrazarla? Colmarla de todo aquello que nunca le dieron.

Recostado junto a ella, tengo la tentación de darle mi tarjeta, decirle que me llame, pero al acariciar su mano descubro un pequeño azahar dibujado en su muñeca. Había pasado por alto ese detalle. La imagen de la que hasta ayer fue mi mujer perturba mi mente. Aparece su rostro dibujado en la cara de la otra. Sus ojos chispeantes después de nuestro sexo fiero, él que siempre tenía con ella. Su sonrisa pícara, la que solo me ofrecía cuando así recostados sobre la cama me miraba. Me turba, me turba la culpa, el resquemor, la incertidumbre.

—Lo siento— digo repentino—. Pero tengo que irme. Muchas gracias por todo. De verdad.

Saco de la cartera otro billete de 500 euros y lo dejo en la cómoda. Sé que no volveré a ver a Valeria, sé que podría sacar a Danielle de esta vida y convertirla sin duda en mi nueva sumisa… Pero no soy capaz. Salgo de esa habitación, de ese puticlub al que tal vez nunca debí acudir.

 

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