BDSM relatos cortos, muy cortos - La Mirilla Roja
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BDSM relatos cortos, muy cortos

BDSM relatos cortos, muy cortos

Una luz tenue ilumina el interior de la mazmorra del club: la cruz de San Andrés de hierro, el potro de madera, el columpio que cuelga del techo con un hombre atado que se retuerce, indefenso frente a una dómina con botas altas de polipiel, máscara de encaje y un corsé de cuero con arnés.

Él observa fascinado a través de la claraboya la cara de placer del hombre, la convulsión de su cuerpo, la dureza de su pene perlado de lubricación; y el gesto severo de la dómina, los glúteos que se contraen con cada embestida, las uñas que se clavan en la cadera imprimiendo el ritmo con el que le penetra. Fuerte, suave, lento, rápido… suave, fuerte, rápido, lento… fuerte, fuerte, fuerte…

El hombre quiere más. Con un esfuerzo supremo mueve uno de los brazos y comienza a masturbarse. Un rápido azote de fusta en la mano y una voz metálica lo paralizan.

—No te he dado permiso.

—Lo siento, permita que me toque.

—NO.

Ella se detiene. La mitad del dildo brilla bajo la luz tenue. El columpio deja de oscilar. El hombre se excusa, suplica… se rebela balanceándose en el aire para sentirlo, de nuevo, metido hasta el tope. La dómina se aparta con un gesto brusco, desata con rudeza y le da la espalda al cuerpo arrodillado que tiembla.

—VETE.

Entonces, entonces…  alza el rostro enmascarado hacia la claraboya. Sus ojos se clavan en los suyos. Le ordenan que entre. Él obedece.

 

¿Quién? – Relato erótico corto (2)

Siente el fuego del aliento en tu nuca, la fiereza de los dientes en tus hombros, la blandura de los senos que se deslizan por tu espalda; la frialdad de los dedos que endurecen tus pezones, tironean del vello de tu ombligo, se cierran alrededor de tu miembro; la destreza de la mano que abre el camino a una boca que acoge tus testículos, a unos labios que chupan tu rafe, a una lengua que culebrea.

Abandónate a la untuosidad del dedo lubricado que traza círculos, que penetra lentamente hasta que los nudillos se clavan en tu carne, que pulsa rítmico como si quisiera imprimir su huella indeleble en tus entrañas; y al terciopelo del plug anal que lo sustituye, que se abre camino poco a poco hasta el mismo tope, que vibra estremeciéndote.

Obsérvala en el espejo ajustando las correas del arnés, lubricando el dildo como si se masturbara, arrodillándose detrás de ti con la lujuria ardiendo en sus ojos, guiando los brazos extendidos que separan tus glúteos, sacudiendo su vientre cuando se hunde en tu interior, perlando de sudor los pechos que oscilan con cada embestida, creciendo en la garganta hasta convertirse en grito.

Y pregúntate, en un último instante de cordura, quién se folla a quién.

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